Capítulo 3
Capítulo 3
La nueva monarca
Después de la coronación y de conceder al pueblo el discurso más solemne de su vida, Elia entró a sus nuevos aposentos. A diferencia de los anteriores, estos contaban con tres accesos independientes según su necesidad.
Los guardias abrieron el umbral. La recibió una antesala que disponía de una mesa, sillas y sillones, cada uno más refinado que el anterior, un lugar en el que había compartido momentos junto a sus padres, que ahora destinaría para sus pláticas con Carendore. Vio a su izquierda, tenía una puerta que conectaba con un pasillo directo al salón del consejo; había olvidado ese detalle, que le resultó conveniente para su nuevo rol. Caminó a la derecha y abrió el acceso del otro extremo de la estancia. Ahí se dejaba admirar un enorme escritorio de madera. Recordó cómo los guardias le sonreían desde arriba, antes de abrir las puertas para que ella entrara dando trompicones infantiles desde el pasillo en busca de su padre, que solía pasar mucho tiempo ahí. Ahora lo entendía, era una sala de trabajo ideal para recibir en confidencialidad a los jerarcas de alto rango. Suspiró y se dirigió a la alcoba. Se dejó caer en el sillón que consideró más acogedor.
El dormitorio lo presidía una cama del tamaño suficiente para albergar a toda la familia real que, irónicamente, solo estaba conformada por la recién coronada reina. Una mesa con dos sillas junto a la ventana, varios sillones, incluso una espaciosa bañera; todo le recordaba su indeseada soledad.
Fijó la atención en el escudo de armas que descansaba en la pared principal. El centro de la tela exhibía un corcel dorado elevándose sobre sus patas traseras, delante de dos espadas cruzadas. No podía creer que su padre ya no estuviera ahí. ¿Cómo podría gobernar del modo que él lo hacía?
Dos ligeros golpes en la puerta de la habitación la sacaron de sus amargas reflexiones. Preguntó quién era desde el sillón.
—Soy Carendore.
—Adelante.
La mujer cerró a sus espaldas y tomó asiento junto a la reina.
—¿Qué quería Harold? —inquirió la joven.
—¿Harold?
—Sí, hablabas con él antes de entrar.
—Estaba sola, Majestad. —Carendore se encogió de hombros—. Aunque pensaba precisamente en un asunto que él me comentó esta mañana.
—Entonces fue mi imaginación, no importa —dijo Elia frotándose el rostro—. Mañana tendré mi primera reunión oficial con el consejo y tengo claro que me van a presionar para que me case. Necesitamos un heredero, pero ¿cómo voy a encontrar a alguien que no se convierta en una amenaza cuando descubra la verdad?
—Ya aparecerá la persona, Majestad. Cuando usted misma conozca a los jóvenes sabrá cuál es el indicado.
—No sabes lo tensa que me tiene ese tema. A mis padres también los presionaban mucho por la descendencia.
—A mí me preocupa más que el joven Dorkian haya visto lo que ocurrió con la reliquia de su abuelo.
El recuerdo le provocó a Elia un retorcijón en el estómago.
—¿Por qué entraría a la capilla si yo estaba ahí sola?
—No sé. Pero fue castigado con diez días en el calabozo por acercarse a usted sin autorización.
—¿Quién es ese hombre?
—Dorkian, el hijo de Dante.
—¿El mismo Dante que servía a mi padre?
Carendore asintió.
—Es una costumbre desfasada —dijo la reina—. Eso de que los primogénitos sucedan el rol de sus padres en este castillo es puro privilegio de cuna.
—Bueno, es algo que usted puede cambiar, aunque para eso necesita el apoyo del Consejo de Nobles.
—Pero yo nunca vi a Dorkian servirle a mi padre después de que Dante se fue —reflexionó la joven frotándose el mentón.
—No lo hizo. Siempre le interesaron los asuntos políticos. Pronto dijo que no aspiraba a ser un caballero de la corte del rey. Empezó desde abajo, pero su desempeño y el impecable legado de Dante lo han hecho ascender muy rápido. Desde hace un año es la mano derecha de August en la Secretaría de Estado.
Elia apartó la mirada de los ojos de Carendore y volvió su atención hacia el escudo de armas. Contempló la similitud del diseño con la versión tallada en oro y volvió a oír el estallido del vidrio frente a un testigo que no debió estar ahí.
—Solo espero que no diga una palabra sobre lo que vio, ya suficiente problema se ha armado con la destrucción de esa jarra.
—Muchos no creen que ya estaba así cuando usted llegó; algunos sirvientes la vieron entera esa mañana y aseguran que nadie más entró a la capilla. Ahora el murmullo de pasillos es quién, por qué y, sobre todo, cómo la hizo estallar.
—No sigas. Es una maldita locura.
—August se opuso al castigo del muchacho —añadió la mujer para cambiar de tema—. Hizo tal escándalo que se cortó con una cuchilla que Harold estaba usando para pelar naranjas. Incluso elevó el caso hasta la Corte Real como asunto urgente y los jueces ratificaron la sanción.
La joven torció una mueca. Así que ese era el motivo por el que en la coronación lo había visto con una mano vendada.
—Majestad, basta de preocupaciones. —Carendore se puso de pie para recordarle a la muchacha sus diligencias—. Los nobles ya están en el banquete y el protocolo demanda su presencia, aunque sea por un rato.
—¡Qué fastidio! —Elia lanzó un manotazo al aire.
—Recuerde que los necesita de su lado.
Luego de quejarse por lo bajo un par de veces más, se dirigió al salón de fiesta en compañía de su doncella. Al cruzar el umbral, la decoración y el espléndido agasajo, que reflejaban la dedicación de sus súbditos, le sacaron un asomo de sonrisa. Los nobles no se esforzaban en disimular su deseo de saludarla. La nueva monarca era una novedad no solo en su rol, muchos no la habían visto jamás. Elia devolvió cada saludo con la cortesía justa de alguien distante de tanta celebración; aquel festejo no parecía en su honor, sino en el de una mujer que no había regresado de su duelo.
◊◊◊
Estuvo en el banquete el tiempo necesario para cumplir con el protocolo. Después de compartir con los nobles algunas conversaciones que no encontró muy interesantes, se deslizó entre la gente en la mejor oportunidad. Iba a salir al jardín por la entrada principal, hasta que vio parte de la nobleza en esa dirección. Las pocas ganas de saludar a más aristócratas la desviaron por un pasillo de servicio que daba a una salida lateral, segura y libre de miradas fisgonas.
Caminó rápido, viendo al suelo y ensimismada en sus propias reflexiones. Aceleró el paso, aunque eso no le ayudara a escapar de su realidad. Más rápido, empuñando la falda del vestido y con la mirada en la punta de las zapatillas. Y no fue hasta que se estrelló contra un saco de tomates en la esquina de un pasillo que descubrió la velocidad con la que un hombre podía exasperarla. El suelo quedó hecho un desastre de pulpa y semillas y los tomates que corrieron peor suerte le reventaron encima.
El vestido de color marfil absorbió el rojo, arruinando la seda damasquinada de inmediato. Ella se sacudió las enormes mangas de la hopalanda escarlata mientras una intensa mueca de disgusto le endurecía el rostro.
—¡Con un demonio! ¿Acaso no ves por dónde andas?
Levantó la vista para encarar al responsable: un muchacho de ojos rasgados y rizos castaños que le llegaban a los hombros, con una barba corta alrededor de los labios delgados. El chico parecía más sorprendido que preocupado por el incidente.
—Yo sí —respondió, esbozando una sonrisa sagaz.
Suponiendo que ignoraba quién era ella, Elia tragó saliva para calmarse y se limitó a retorcer los ojos.
—Discúlpate —ordenó.
—¿Yo? Yo no era quien corría en el área de servicio. ¿De qué escapa una dama en esta parte del castillo?
—No es asunto tuyo —musitó ella entre dientes—. Debería importarte más haber arruinado mi atuendo.
—Bueno —él chasqueó la lengua—, al menos a la capa no se le nota el accidente.
—Se llama hopalanda —enfatizó Elia con un nuevo gesto de impaciencia.
—Disculpe, señorita —dijo él con media sonrisa—, a la hopalanda no se le nota el accidente.
—Como sea, más te vale abrir bien los ojos la próxima vez.
—Quisiera decir lo mismo, pero si lo hago, voy a terminar como uno de esos tomates. —El joven soltó una risilla que exhibió una dentadura inusualmente perfecta—. No creo que ese sea un buen destino.
La muchacha se mordió la lengua para no reprenderlo por su impertinencia. Jamás reconocería que, en el fondo, el comentario le causó cierta gracia. Divagó un instante viendo los rizos castaños. ¿Cómo es que le descansaban en los hombros con tanta gracia, cuando su melena azabache siempre estaba fuera de lugar? Una razón más para tacharlo de irritante.
—¿Trabajas aquí? —preguntó ella.
—No.
—¿Y por qué cargabas tomates?
—Porque vine a entregarlos.
—¿Y quieres trabajar aquí?
—No.
Se quedó muda. Nadie en su sano juicio rechazaría una oferta así en la cara de la reina. En definitiva, el chico no tenía idea de quién estaba frente a él.
—Pero gracias por la oferta.
—¡No fue una oferta! —Ella cerró los ojos y apretó los brazos a ambos lados del cuerpo—. Fue simple curiosidad.
—¿Ah, sí? —Él elevó una ceja sin dejar de sonreír—. Pues a mí no me lo pareció.
Elia pateó un par de tomates y siguió su camino; la salida al jardín no estaba muy lejos.
—Ha sido un gusto verla, Su Real Majestad.
Al ver que el pícaro sabía perfectamente con quién hablaba, Elia giró y abrió la boca para reclamarle, pero se arrepintió al verlo agacharse a salvar los tomates que habían sobrevivido a la colisión.
—Déjalos ahí —zanjó—, enviaré un sirviente a limpiar.
El chico se volvió con el pelo en la cara.
—Y no te preocupes por el pago, lo recibirás íntegro.
Antes de que él respondiera, Elia se marchó. Mientras caminaba notó que le habían sudado las manos; le cruzó por la mente la tentación de regresar al área de servicio en otro momento. Sacudió la cabeza. ¡Qué tontería!
◊◊◊
El salón del consejo era el único espacio cuya decoración Elia siempre había considerado simple; sin más que sillas y tres jarrones de oro sobre pequeñas mesas, ni siquiera una ventana.
Cuando los consejeros llegaron, la reina ya se encontraba en la cabecera y la doncella unos pasos atrás. Eran seis distinguidos funcionarios de elevado rango que Elia recorrió con la mirada. ¿Qué representaría cada uno para su gobierno? Una vez que ocuparon sus lugares, la sesión dio inicio.
—Sé que es la primera vez que una mujer asume el gobierno de Rongmorth —empezó la joven—. Pero como todos hemos jurado servirle a nuestro pueblo, espero contar con ustedes.
Algunos asintieron. El secretario de Estado acomodó su corpulenta figura en la silla y se acarició la barba. La reina prosiguió:
—Quiero que sepan que estoy al tanto de todo lo que nos ocupa, lo he estado desde hace mucho. Ahora quiero saber qué requieren de mí, para trazar la ruta de mi mandato.
—Majestad —inició Boris.
Era el ministro de finanzas, un hombre raquítico, de tez blanca y rostro alargado, muy canoso en lo que le quedaba de pelo, pero con una expresión de furia tan permanente que Elia se preguntaba si era incapaz de relajar los músculos de la cara.
—Nuestras finanzas son estables —continuó, levantando la frente fruncida, como si ya estuviera imaginando una ardorosa discusión—, pero las amenazas nos tambalean. La crisis financiera del reino de Enodart empeora todos los días. Hemos recibido una gran cantidad de inmigrantes y eso ha incrementado la población que vive en miseria. Además de que ha afectado nuestro comercio de mediana distancia, la mayoría de nuestras carnes, granos, telas y muchos otros productos se exportaban y comercializaban en Enodart. Eso nos permitía captar riqueza exterior sin depender del comercio de alta distancia que, como todos los presentes deberíamos saber, es imposible para muchos comerciantes por el alto costo que implica.
El hombre hizo una pausa y resopló con el rostro más fruncido. A Elia le sorprendió que aquello todavía fuera posible. Era la estrategia que Boris acostumbraba para enfatizar la importancia de sus palabras.
—Ya intentamos acercarnos a reinos con los que nunca hemos comerciado, como Dalur, sin éxito por la lejanía y la falta de alianza previa. Es primordial establecer nuevas relaciones comerciales. Más embajadores, tal vez. La estabilidad que nos permite la situación actual no es suficiente, tarde o temprano la crisis nos alcanzará.
—No es tan sencillo que los reinos accedan a tener embajadores —anotó Franz, el canciller de asuntos exteriores, con su característica voz ronca—. Tenemos el de Bonaria por el matrimonio entre el rey Emerson y la reina Dialena, que en paz descansen.
—Pues ve y consigue más. —El otro consejero arrugó tanto las cejas que parecía que tenía una sola—. Ese es tu trabajo.
—¿Qué hay de las exportaciones en Castelfor? —atajó Elia antes de que Franz replicara.
—Continúan, Majestad, pero la distancia nos deja en desventaja. Como siempre, Bonaria, único reino del que tenemos embajador —Boris aprovechó para lanzarle una mirada mordaz a su compañero—, cuenta con una ubicación privilegiada para comercializar en Castelfor, sus precios resultan más atractivos y acaparan todas las transacciones de la zona. Es inviable para nuestros comerciantes depender de los negocios en esos territorios.
—Hay otro peligro más grave, Boris, que parece que pasas por alto —interrumpió Julio, el general del ejército.
Con solo una mirada, el ministro se aseguró de dejar en evidencia lo mucho que le molestaba ser contradicho. Si algo tenía Elia que reconocerle, además de la vehemencia que demostraba en su labor, era lo expresivo de sus facciones.
El general siguió en su asunto con la serenidad incólume.
—Majestad, Enodart se encuentra en una situación muy vulnerable. La Corona ya perdió toda estabilidad y el reino se desploma. Esto no es un secreto para nadie, en cualquier momento serán conquistados. La frontera este de Rongmorth podría ser invadida en el proceso; necesitamos fortalecer con militares para proteger nuestro territorio.
—¡Julio! —El grito de Boris consiguió que Elia brincara en la silla—. ¿No escuchaste que estamos intentando que nuestras arcas no colapsen? ¿En serio esperas que gastemos recursos en más militares? ¿De qué nos sirven las fronteras seguras si la gente no tiene qué comer?
—Sería lamentable si Enodart pierde su independencia, después de que lucharon por décadas para intentar recuperarse. Sin embargo, nuestra prioridad es proteger Rongmorth —dijo la reina—. General, ¿quién podría invadir Enodart?
—El rey Oron, Majestad —contestó Julio—. Desde hace años tiene intenciones de expandir Dalur hacia el norte.
—¡Maravilloso! —Boris se golpeó las rodillas; esta vez Elia esperaba la réplica.
El ministro giró en su silla para enfocar a Julio. Se puso un dedo en la sien, como si estuviera hablando con un idiota.
—General, ¿no fui suficientemente claro cuando dije que necesitamos alianza comercial con Dalur?
El militar puso los ojos en blanco antes de contestar:
—Enfrentamos tropas o perdemos territorios, Boris.
—¡Basta! —La reina puso fin a una discusión que ya comenzaba a perder el rumbo.
Boris tenía la cara tan roja de cólera que Elia recordó los tomates que el día anterior se habían estrellado contra su vestido. Qué sonrisa tan bonita, pero qué momento tan equivocado para que el muchacho de rizos castaños paseara por su memoria; ¿sería siempre tan inoportuno?
El ministro de la Corona carraspeó; Derek era un hombre que aún conservaba su voz jovial, pues no le llevaba una ventaja de más de diez años de vida a Elia. Se había mantenido en silencio examinando la conversación, para tratar de alivianar los arrebatos de sus compañeros en el momento justo.
—Es posible que haya una alternativa de enfrentarnos a la eventual crisis, que no nos sumerja en un conflicto bélico para el que quizá no tengamos la capacidad militar, pero que no implique sacrificar nuestras finanzas.
Elia no pasó por alto los ademanes conciliadores del ministro y agradeció que fuera él quien se ocupara de representarla en las constantes negociaciones de la Corona.
—Perdón, Derek. —Julio torció el cuello—. ¿A qué te refieres con que «no tengamos la capacidad militar»?
—General —replicó Franz, haciendo acopio de su experiencia en asuntos exteriores—, estamos hablando de Dalur.
Las canas dejaban un recuerdo de lo que fue el cabello negro de Julio en sus tiempos de soldado. Era una eminencia como veterano militar, igual que sus antepasados, quienes migraron de Castelfor tras las décadas de guerra civil que le tomó al reino alcanzar estabilidad. Elia, que también había estudiado el arte bélico, consideraba que la debilidad del general era pensar que sus tropas podían enfrentarse a cualquier enemigo, sin importar lo poderoso que fuera.
—Nos conviene que Dalur ocupe Enodart cuanto antes. —La respuesta de la reina dejó con la mandíbula caída a Julio y a Boris—. Seamos realistas: en la situación en la que están, no van a oponer resistencia. Eso nos reduce la lejanía y podremos comerciar con ellos más fácilmente. Proveerles para esas tierras y, con el tiempo, para todo Dalur. Nosotros estamos al oeste de Enodart, somos el reino estable más cercano; no van a conseguir mejores precios para mantener esos territorios. No vamos a enfrentarnos a ellos, los vamos a apoyar.
—Majestad —Julio se arrastró las manos por la cara dejando ver la línea de piel húmeda debajo del párpado inferior—, es demasiado riesgo. ¿Cómo defiendo nuestras tierras?
—No será necesario. Yo misma voy a negociar con Oron.
El hombre inhaló de pronto.
—Franz, usted irá conmigo —instruyó Elia, sin dar importancia a la cara de sorpresa del general—. Preparen una corte de nobles y militares para que nos acompañen. ¿Cuánto es lo más pronto que podríamos partir?
—Una semana, Majestad —contestó el canciller después de pensarlo con los labios hechos un puño.
—En cuanto a ti, Raymond —siguió la reina—, nos reuniremos en privado mañana para discutir los aspectos legales de todo este asunto.
—Por supuesto —contestó el jurisconsulto—. Hay varios detalles legales que debemos dejar claros antes de que incursione en una negociación tan delicada como la que piensa hacer.
Raymond dudó un instante.
—Incluyendo los riesgos —soltó por fin.
—El rey Oron tiene fama de tramposo, Majestad —repuso Franz y el ronco de su voz retumbó en la cabeza de Elia «tramposo»—. Es arriesgado, pero yo coincido en que lo mejor es intentar aliarnos.
—Buscar la manera de proteger las finanzas sin que peligre la seguridad del reino es, sin duda, la mejor estrategia —agregó Derek con media sonrisa—. Yo apoyo por completo a la reina.
A Julio le costaba confiar en la decisión de su nueva monarca; tal vez la veía demasiado joven como para evitar un conflicto sin más que con diálogo, mucho menos tratándose de un reino con el que nunca se habían aliado. Seguía convencido de que lo mejor era reforzar la frontera este. Decidió respetar su voluntad, aunque no omitió decir:
—Mis tropas estarán dispuestas por si debemos defendernos.
—Confíe en mí —pidió la reina—. No será necesario.
El general respiró hondo.
—¡Que no se les ocurra negociar precios sin mi consentimiento! —Boris tendía de manera natural a seguir discutiendo, incluso si el asunto ya estaba más que resuelto.
—Revise cifras —contestó ella— y nos reuniremos mañana con Franz y Raymond.
La única cosa que el sujeto disfrutaba más que debatir era tener la razón. Asintió satisfecho.
De los seis consejeros presentes en la sala, cinco ya habían intervenido. Faltaba uno, August, cuyo silencio era más bien preocupante. Elia se adelantó a pensar que su primera sesión fue un éxito rotundo, hasta que el secretario de Estado abrió la boca.
—Necesitamos un heredero.
La atmósfera se espesó; incluso Carendore, que continuaba de pie unos pasos atrás, apretó los dedos. Los demás consejeros intercambiaron gestos discretos entre sí.
—Aunque no quisiéramos verlo —el hombre elevó la barbilla y le clavó la mirada confrontativa a la reina—, la situación política actual es muy delicada. La falta de un heredero ya causa tensión entre el pueblo. Es cuestión de tiempo para que la estabilidad de la Corona peligre. No queremos terminar como nuestro vecino.
—La crisis de Enodart no fue causada solo porque los reyes no pudieron engendrar descendencia —repuso Derek, con el tono más pacificador que pudo—; todos aquí sabemos que la sequía llevó al pueblo al borde de la miseria desde hace años.
El estómago de Elia se anudó. August ignoró a su compañero como quien no escuchó más que a una mosca. Siguió:
—Si a usted le llega a suceder algo, Rongmorth quedará en estado crítico y sin duda será conquistado. Más que una negociación con Dalur, necesitamos una alianza matrimonial.
Cuando concluyó, se acomodó en la silla con una sonrisa triunfal, deseoso de las reacciones que desencadenarían sus palabras. El secretario de Estado se jactaba de ser el tipo de hombre que arroja la piedra y exhibe la mano sin remordimiento. La joven trató de encontrar las palabras perfectas para contener la situación. En lugar de eso, se enfocaba en las miradas fijas de todos los hombres que aguardaban su postura frente al tema.
—Sí —repuso, intentando recobrar la compostura—, Rongmorth necesita un heredero. Me encargaré de eso con prioridad, pero seré yo quien escoja al rey consorte entre los nobles.
—Sus padres buscaron durante años y descartaron a todas las familias nobles —apuntó Boris, sacudiéndose el escaso pelo blanco. Luego contrajo tanto el rostro que casi se le perdió entre las arrugas del cuello.
—¡Eso es verdad! —exclamó August, complacido de que otra persona le echara leña a su hoguera—. ¿Por qué sería diferente ahora? ¿Nos va a decir que durante todos estos años sus padres no pudieron encontrarle un esposo —hizo comillas con los dedos— “adecuado”, pero que ahora, de repente, usted sí lo hará? No nos haga perder el tiempo otra vez. Nos conviene más que ese matrimonio nos provea una alianza exterior. A estas alturas, un noble no sirve para nada.
Elia inhaló antes de contestar. Carendore era la única persona en ese recinto que sabía la razón por la que sus padres no lograron escogerle un esposo. No era un tema en el que quisiera inmiscuir a los consejeros.
—Ya dije que yo misma me ocuparé de ese asunto.
—A ver, Majestad —el hombre alzó más la barbilla—, yo sé que usted entiende a la perfección la urgencia de este tema. Por el bien de todos, espero su respuesta en el próximo consejo. De lo contrario, nosotros escogeremos al rey consorte.
Los consejeros carraspearon y se enderezaron en sus lugares. Ella intentaba mantener la respiración controlada.
—Por favor, August —intervino Derek—, vamos a darle tiempo a la reina, recién ascendió al trono.
—No hay tiempo para darle; sus padres perdieron demasiado en las inútiles búsquedas de un marido que «cumpliera con lo necesario». —Para esas últimas cuatro palabras, el secretario optó por un tono burlón.
—Usted no sabe la razón por la que mis padres no pudieron encontrar un esposo para mí.
—Ese no es nuestro problema. —August resopló—. Durante años este consejo insistió en la premura de que usted se casara, y aun sabiendo que tener una sola heredera ya de por sí nos ponía en una situación vulnerable, esperaron hasta que usted cumpliera diecinueve años para buscarle un esposo. —El recuerdo pareció embravecerlo—. ¡Diecinueve años!
—Usted no sabe de lo que habla —reclamó Elia.
—Para terminar de complicar las cosas —siguió, dispuesto a no detenerse hasta que le diera la razón o sacarla de sus casillas, lo que sucediera primero—, en lugar de presentársela a los jóvenes casaderos, la enviaron con ese charlatán de la montaña.
—¡No se refiera a Moshe de esa manera! Fui enviada con él para obtener sabiduría, igual que lo hizo mi padre en su tiempo.
—Sí, sí. —August puso los ojos en blanco—. El difunto rey Emerson ya estaba casado cuando lo enviaron. Lo que hicieron con usted, llevarla con ese loco en lugar de casarla, fue un disparate. ¡Estoy seguro de que fue idea de la reina! ¡Solo a ella se le habría ocurrido semejante estupidez!
Elia se puso de pie con los puños apretados y las mejillas encendidas. Deseaba espetarle cuán equivocado estaba, que su madre era una mujer brillante y que la decisión de enviarla con Moshe había sido enteramente del rey. Carendore advirtió la ira de la joven e intentó hablarle para calmarla, pero ella no la escuchó.
—¡Ya basta! —replicó con la yugular resaltada—. ¡Le prohíbo expresarse así de mi madre!
—¡Hasta que no tengamos un heredero, usted no me prohíbe nada! —El hombre también se levantó; no tenía la cara enrojecida, pero sí una mirada aguda, capaz de atravesarla con más filo que una espada.
—¡Suficiente, August! —exclamó Raymond—. ¡Siéntate!
La sangre se le había subido a Elia a la cabeza. Le hervía. Le burbujeaba en las venas por haberse tragado todos los insultos que quería gritar. De repente, el sonido de un jarrón abollándose de un golpe seco contra el suelo rompió el silencio. Los hombres dieron un brinco. Elia se quedó inmóvil. Solo ella y Carendore sabían que eso era obra de la incontrolable voluntad de su mente.
—Si hubiera sido de vidrio, habría terminado como la reliquia de la capilla —dijo August con la voz pausada—. No existen las casualidades, ¿o sí, Majestad?
—¡Retírense! —ordenó la reina—. ¡Ahora mismo!
Salió del salón con las manos trémulas. Los consejeros quedaron con los rostros desencajados ante la abrupta interrupción; salvo August, que presumía una cara de deleite digna de quien llevó a la reina al límite de su paciencia.
En la habitación, la joven cerró la puerta tras ella y se aferró de espaldas a la madera con las manos detrás de la cintura.
—No voy a permitir que esto termine en desastre.