Capítulo 1
Capítulo 1
La encantadora promesa política
Agosto, 1420.
Sentada en el trono de Rongmorth y rodeada de una de esas cortes que solo se reúnen para solemnidades, Elia se frotaba la yema de los dedos, inhalando lento y exhalando por la boca. Nunca había sido una muchacha nerviosa, y menos debería siendo la reina, pero conocer al hombre cuya mano ella misma había pedido le anudaba el estómago.
El físico del príncipe era irrelevante. Bastaría con que fuera un hombre confiable, uno con quien contar cuando los arrebatos de su mente le impidieran gobernar sola y que estuviera dispuesto a morir antes que revelar un secreto suyo. Aunque para ser honesta consigo misma, si tenía algún atractivo, lo iba a agradecer. ¿Qué tan difícil podía ser encontrar aquello en un matrimonio políticamente conveniente?
Se abrieron las puertas del salón. Elia dirigió la mirada a su doncella; Carendore asintió despacio, transmitiendo la serenidad que solo se obtiene con la experiencia acumulada por el paso de los años. Entró un sirviente. La joven reina se acomodó con menos discreción de la que hubiera querido, frotó sus palmas una última vez y levantó la barbilla.
—Su Alteza Real, el príncipe Dylan de Dalur —proclamó el hombre.
Atravesó el umbral un muchacho de piel clara y ojos color miel, con el cabello marrón acomodado hasta la mitad de la frente. Ella lo estudió de arriba abajo; parecía el tipo de hombre que no se permite un pelo fuera de lugar, mucho menos una arruga en la vestimenta. El jubón negro, hecho a evidente medida, le ajustaba el torso con un cinturón de cuero y una hilera de botones de oro; el cuello tenía la altura exacta para permitir que se asomara la camisa de lino blanco. Al caminar, se le ondeaba una capa negra que le caía hasta la cadera, con un brillo tan sutil como el de las botas que le cubrían media pantorrilla. Ella no esperaba menos del porte de un aristócrata con ese rango.
La mirada del príncipe rebosaba de la misma curiosidad que lo acompañó durante las tres semanas que había tardado en llegar a Rongmorth y que le robó el sueño la noche anterior. Su futura esposa superó todas las expectativas; tenía ojos grandes y una melena ondulada que le llegaba hasta la cintura. Algunos sirvientes del castillo de su padre le habían comentado que Elia era una joven bella, pues la habían visto en su visita a Dalur semanas atrás. Ninguna descripción pudo hacerle justicia a ese pelo azabache.
Dylan se detuvo con una sonrisa que engalanó su perfecta reverencia. Ella se puso de pie y apenas curvó la comisura de los labios. Sí, su prometido era agradable a la vista.
—Majestad —dijo él enderezándose, con una voz tan suave como el color miel de sus ojos—, es un placer conocerla por fin.
—También lo es para mí. Sea bienvenido a Rongmorth. Espero que mis dominios sean de su agrado.
—Es un lugar espléndido. Me honra haber sido invitado a formar parte de este reino.
—Me alegra escucharlo, porque este será su nuevo hogar.
Elia por fin desplegó una sonrisa completa. Él descubrió un gesto que la hacía embellecer más e inclinó la cabeza en señal de agradecimiento.
—¿Ya recorrió el castillo? —le preguntó al príncipe.
—Aún no. No conozco casi nada. Llegué ayer al anochecer y preferí descansar; fue un viaje desgastante.
—Nadie mejor que yo para entender que el trayecto desde Dalur es agotador. En ese caso —la joven elevó el ruedo de su vestido para asegurarse de que estuviera en su lugar, lo dejó caer y se acercó a su prometido—, acompáñeme.
Él quedó inmóvil un instante contemplando cómo la falda volvía a su lugar. Hasta ese momento, solo se había concentrado en el rostro de la monarca, que acaparaba toda su atención. Bajó la vista y apreció el modo en que la luz le daba diferentes matices al púrpura en el terciopelo de seda. Un cinturón de esmeraldas y rubíes le ceñía la pequeña cintura. La respiración le alzaba la piel tras el escote cuadrado, adornado por un fino collar que se perdía entre tanta belleza.
Al fin llegó de nuevo a su rostro.
—Será un placer.
Dejaron el salón del trono escoltados por Carendore. Dylan levantaba las cejas de admiración. El interior del castillo de Rongmorth era en particular colorido, comparado con las tendencias que ya marcaba el inicio de siglo. El viento mecía las altas cortinas rojas y el sol se reflejaba en el dorado esculpido en las paredes de diferentes tonos de marfil y celeste.
—Majestad, qué impresionante belleza la de este lugar. —El príncipe no pudo esconder la sorpresa, a pesar de que prefería ocultar que conocía muy pocos castillos.
—Así es. Debo atribuir el diseño de los interiores a mi madre. Era quien dedicaba tiempo y cariño a cuidar los detalles —dijo Elia antes de una inhalación profunda.
—Siento mucho su pérdida.
—Gracias, Alteza. —La joven sintió que la tristeza se le quería colar en el alma; se repuso de inmediato sacudiéndose la cabellera—. Aun así, haré algunos cambios. Hay espacios que ya se están quedando un poco anticuados. ¿No le parece? —preguntó cambiando de tema.
Él le dio la razón con un gesto tímido. Carendore los observaba desde atrás, apretando la sonrisa que le provocaba leerlos entre líneas. Era evidente que Dylan se había embelesado con facilidad. No le quitaba los ojos de encima a su prometida cuando hablaba. Le seguía el vaivén de las manos, como si lo tentara agarrarlas antes de tiempo. Ella, más bien, mantenía una distancia cordial.
Tuvieron tiempo para explorar la historia de Rongmorth a través de retratos y esculturas. Cada esquina atesoraba una memoria diferente, un fragmento del pasado. Esa mañana él conoció cada salón del castillo, convenciéndose de que no estaba soñando. La mujer que caminaba a su lado iba a ser su esposa.
—¿Qué te pareció el príncipe?
Las flores se sacudían con el tenue soplo del viento. Elia las seguía con el movimiento de su cabeza.
—Es un encanto —respondió Carendore.
—Pero ¿será confiable?
—Tiene que serlo, usted no tiene otra opción.
Elia respiró hondo. Retiró la atención de las plantas para dirigirla a su doncella.
—Haré todo lo posible para que no descubra mi secreto hasta que me haya ganado su confianza.
—Presiento que eso no será difícil. Usted le agradó.
—Sí, a mí también me agradó. Gracias a los dioses no se parece en nada a su padre.
—Me refiero a que usted le gustó.
La mujer le guiñó un ojo.
—No digas tonterías, Carendore. Acaba de conocerme.
—¿Y qué? Existe el amor a primera vista.
—Espero que estés equivocada. Eso es lo menos que quiero. Necesito a mi esposo apartado de mí todo el tiempo que sea posible. Cuanto más lejos, más tardará en notar que mi mente es un desastre.
—Tal vez un hombre enamorado sea lo más conveniente. Necesitamos lealtad absoluta.
Un mechón ondulado le cayó a la joven en la cara. Se lo quitó de un bufido. Para sus adentros, calificó como horrible la idea de usar el afecto de alguien en su beneficio. Menos mal que el amor y el matrimonio son dos cosas diferentes.
—¿Y qué crees que va a hacer cuando lo descubra? —Se frotó los lagrimales antes de responderse a sí misma—: Correr despavorido, creer que soy una bruja, ¡qué sé yo! Por eso él es perfecto. Podrá ocuparse de los asuntos de su reino y apenas tendrá tiempo para darme los hijos que necesito.
—Todavía no es momento para preocuparse por eso, mi niña. —Carendore optó por un tono tranquilizador—. Debemos entrar al castillo para el banquete de bienvenida del joven príncipe.
Elia resopló una vez más por su impotencia. Apresuró el paso para dejar atrás a la doncella. Solo ella sabía lo que pesaba en sus hombros la ausencia de un heredero. La presión política aumentaba un poco cada día. Una urgencia que se había desatado el día en que murieron sus padres, hacía más de tres meses.