Capítulo 2
Capítulo 2
El deber pesa más que el duelo
Mayo, 1420.
Se removió en las rodillas; era su posición menos favorita, pero en la que su padre le había enseñado que debía ofrecer plegarias por el alma de sus antepasados. La capilla real era muy amplia, iluminada por más antorchas que luz natural. El altar estaba cubierto con cera de velas gastadas, que se acumulaba demasiado rápido por la cantidad de llamas iluminando las reliquias de los anteriores reyes de Rongmorth. Algún día, la suya estaría ahí.
El ruido de pasos y conversaciones no la dejaba concentrarse. Al otro lado de las puertas se acababa el misticismo y se abrían los pasillos del castillo, claramente agitados.
Se puso de pie y contempló una vez más las piezas. Estaban en un relicario protegido por barrotes de hierro, justo debajo de las imágenes de los dioses. El candado que las aseguraba siempre le había parecido robusto en exceso, como si se tratara de los tesoros más importantes de Rongmorth, que a la vez estaban expuestos para pedirle sabiduría a quien los puso ahí. El de su abuelo era una jarra de vidrio de un color parecido al verde esmeralda, un obsequio de valor incalculable que había recibido de parte del reino de Bonaria cuando prometió a su primogénito en matrimonio. Su padre, en cambio, había optado por el escudo de armas tallado en oro.
Un grito seco hizo eco en la capilla. Elia se sobresaltó y dirigió la mirada al final de las dos hileras de bancas. La puerta se abrió. Entró un hombre que rondaba los treinta años; alto y delgado, vestido de un gris muy oscuro que aparentaba más rango del que tenía. La joven no reconoció quién era, solo que trabajaba en el castillo.
—¿Qué está pasando? —preguntó mientras avanzaba hasta los primeros reclinatorios.
—Alteza —contestó él, con una calma que distaba de la conmoción de guardias y sirvientes que salían de un pasillo a toda prisa para perderse en otro.
—Pregunté qué está pasando.
—El rey y la reina están muertos.
Elia abrió los ojos todo lo que las cuencas le permitían. Al principio no le creyó; parecía imposible que alguien le anunciara la muerte de sus padres con tanta frialdad. Se sostuvo del respaldo de una de las bancas y le clavó la mirada para darle la oportunidad de confesar que mentía. Él no cambiaba la expresión. La joven retrocedió con pasos lentos hasta chocar con el altar. Él la siguió al mismo ritmo, sin quitarle los ojos de encima, con tal intensidad que la hizo tragar espeso. Elia despegó los labios para ordenarle salir. En ese instante Carendore entró. Traía el semblante contraído y los ojos hundidos bajo los párpados todavía llorosos.
—¿Qué hizo, Dorkian? —espetó la doncella.
Elia se derrumbó hasta quedar arrodillada, con una mano aferrada al filo del altar. Enterró los dedos en la cera seca. Sus propias lágrimas caían y se desvanecían en el suelo de mármol.
—Usted no puede acercarse a la princesa sin autorización —le advirtió Carendore al hombre—. Retírese ahora mismo.
El relicario tembló. Al principio con sutileza y más fuerte a medida que el llanto de la muchacha aumentaba. La mujer ahogó un grito. Los objetos chocaban contra los barrotes de hierro.
—¡Alteza, tranquilícese, por los dioses! ¡Las reliquias! —Se giró hacia el hombre e insistió—: ¡¿No me escuchó?! ¡Que se vaya!
Dorkian la ignoró; le interesaba más presenciar lo que ocurriría. El grito desgarrador de la princesa hizo estallar la jarra de vidrio en pedazos. El intruso dio un paso atrás con las cejas muy elevadas. Carendore soltó un quejido; se cubrió la cabeza con las manos mientras negaba con la boca abierta.
La mirada de Dorkian osciló entre el vidrio destruido y la figura de Elia, que yacía en el suelo, ahogada en llanto. No entendió qué había ocurrido, pero estaba seguro de que tenía que ver con el aislamiento de la princesa. Ahora tenía muchas preguntas en las que no era el momento de ahondar, así que se escabulló sin pronunciar palabra.
Carendore corrió a la entrada de la capilla y cerró las puertas con los dedos en un temblor.
—Por los dioses —murmuró, deteniéndose frente al altar.
Donde debería estar la jarra solo quedaban algunos añicos opacos. Las demás piezas habían caído de sus peanas, pero estaban intactas, igual que el candado.
—Mi niña, por favor, respire —dijo la mujer mientras se agachaba junto a Elia—. Aquí estoy.
—¿Qué les pasó a mis papás?
La joven apenas recuperaba el aliento. Seguía con el rostro escondido, tironeándose el cabello desde la raíz enredada entre los dedos. La doncella intentó liberarle los mechones con cuidado.
—Estaban de cacería. Al parecer los atacó un animal. Como no salían del bosque, los guardias entraron a buscarlos y…
—¡Mentira! Ellos apuntan perfectamente; si un animal los llegara a atacar, lo derribarían.
Carendore le removió los trozos de vidrio del cabello.
—Creen que fue un oso.
Elia negó con la cabeza, no quería creer que fuera posible. Entonces el último fragmento verduzco cayó frente a sus ojos. Levantó la cara despacio. Estaba rodeada de los restos de la jarra.
—¿Qué hice…? —musitó con ojos de espanto.
—Tendremos que ocuparnos de eso después. —La mujer le ayudó a levantarse y le retiró el pelo de las mejillas—. En cualquier momento empezarán a llegar los sirvientes; van a querer que tome decisiones.
—No estoy lista.
—Tiene que estarlo.
La doncella le abrió la mano y depositó en su palma un collar de oro. Elia bajó la mirada hasta el dije, tenía grabada una letra de.
—Es el collar de mi mamá.
—Alteza, es su turno ahora.
Asintió con los ojos todavía húmedos y se puso el collar. En ausencia de sus padres, la responsabilidad recaía en sus hombros. Ocultó el dije debajo del escote.
Las puertas se abrieron y entró un hombre de mediana edad que avanzó entre las dos filas de bancas hasta detenerse frente a las mujeres. Advirtió que sobre la peana que sostenía la reliquia del rey anterior tan solo había esquirlas de vidrio. Dio un paso atrás al notar el resto de fragmentos entre el altar y el suelo.
—A… Alteza —balbuceó cuando recuperó el habla—, la… la requieren en el salón del consejo.
—Estaré allí en un momento —contestó Elia, después de llenarse los pulmones.
El hombre permaneció un instante más con la mirada puesta en los añicos, inclinó la cabeza y se retiró, dejándole no solo el peso de un deber que nadie más podía cumplir, también la duda de cómo iba a explicar lo ocurrido.
◊◊◊
Las dos mujeres entraron al salón. Elia avanzó con la percepción tan difusa que apenas reparó en que estaban presentes muchos de los miembros del Consejo Real, así como algunos de los máximos jerarcas de distintas instituciones de la Corona. Tomó su lugar en la cabecera de la reunión, casi ausente, con el alma todavía llorando entre vidrio esparcido. Carendore se quedó de pie detrás de ella. Nadie se atrevía a romper el silencio hasta que Raymond, el jurisconsulto de la Corona, carraspeó.
—Alteza —el jurista era un hombre joven, de espalda erguida y una tez morena de gestos afables, ahora eclipsados por el semblante gris—, lamentamos la muerte del rey Emerson y la reina Dialena. Le ofrecemos nuestras más sinceras condolencias.
Elia no respondió.
—Princesa —agregó Derek, el ministro de la Corona—, ante la muerte de nuestros soberanos y como única heredera al trono de Rongmorth, la reconocemos como nuestra legítima monarca.
Todos esperaron la respuesta de su nueva líder. La joven alzó el rostro y miró a Derek, que traía los ojos casi tan hinchados como los suyos.
—¿Ya se organizó el anuncio oficial?
—Sí, Alteza —respondió el ministro—. Los heraldos están convocando a los nobles para comunicarles la noticia cuanto antes. Una vez hecho eso, se colocarán los estandartes negros y se distribuirá por escrito el anuncio entre el resto del pueblo.
—Alteza —interrumpió August, el secretario de Estado, con un tono de voz que mostraba entereza a pesar de la palidez—, es prioritario agendar su coronación. En otras circunstancias podríamos esperar algunos meses, para contar con la asistencia de delegados o miembros de otras familias reales, incluyendo los reinos más lejanos, como Dalur y Castelfor. Pero la falta de matrimonio y la ausencia de otro heredero nos pone en una situación de urgencia. Sugiero celebrar la coronación a la brevedad y que solo se envíe comunicación a los reinos vecinos.
Ahí estaba la presión política del matrimonio, otra vez, saltando en el momento más doloroso. ¿No era suficiente con la muerte de toda su familia como para, además, lidiar con esa preocupación tan pronto? Aunque a Elia no le extrañó que fuera el secretario quien mencionara el tema, la empatía no era una virtud que poseyera. Por si no bastara, acababa de morir el único a quien le mostraba respeto: el rey. August nunca había tenido reparo en dirigirse tanto a ella como a su madre con un trato inferior. Frunció los labios antes de contestar:
—Fijen la fecha para finales de este mes. Inviten a las familias nobles y a los principales comerciantes; los reinos vecinos nada más recibirán la comunicación.
Harold, el mayordomo mayor, giraba los pulgares con las manos entrelazadas. Era un hombre de rostro enjuto y ojos distanciados, de actitud presuntuosa, salvo cuando se trataba de contradecir al monarca.
—Disculpe, Alteza, es poco tiempo. Organizar una ceremonia de coronación no es sencillo. Además, la presencia de representantes de otros reinos es una tradición importante.
—¡Qué atrevimiento, Harold! —exclamó August, mientras se acariciaba la abundante barba—. Ya escuchaste a la princesa.
—Hábleme de usted —le masculló el mayordomo mayor. Para dirigirse a la princesa optó por un tono más optimista—: ¿Alteza?
Elia cerró los ojos. Se frotó la frente y resolvió:
—Estoy de acuerdo en que lo mejor para Rongmorth es acelerar la coronación.
El hombre asintió y luego le clavó los ojos fulminantes al secretario de Estado.
—Muy bien —dijo August satisfecho, sacudiéndose la mirada hostil de su compañero—. Esa es definitivamente la decisión más sabia. Respecto al funeral, considero que debe agendarse para inicios de la próxima semana. Creo que es tiempo suficiente para organizarlo. Mi recomendación es llevarlo a cabo cuanto antes, para que el luto tenga el tiempo necesario antes de la coronación. Sería muy lúgubre si ambas ceremonias se realizaran con poco margen entre sí.
—¿Cuatro días? —replicó Harold, que ya estaba rozando el límite de la paciencia—. August, ¿usted tiene idea de lo que implica el funeral de dos monarcas? Necesitamos al menos una semana y haciendo una labor gigantesca. ¡Ya suficiente tenemos con disponer de un mes para organizar la coronación!
—Basta, señores. —Elia intervino con una serenidad proveniente de las pocas ganas que tenía de discutir con ellos—. Harold, tendrán la semana que necesitan para el funeral.
Nadie se atrevió a replicar. La joven se levantó despacio y abandonó el salón arrastrando los pies. Si alguno de los presentes tenía otro asunto que tratar, no le importó.